Algo no cierra en esta casa

Algo no cierra en esta casa

Me encanta tener miedo cuando el miedo es de mentira. En invierno, con la casa en silencio y un té que se enfría, no hay nada mejor que un libro que te ponga los pelos de punta sin necesidad de fantasmas ni de sangre. El suspenso que me gusta es el otro: el que nace de una casa demasiado grande, de un secreto que no se dice, de una mujer que sabe algo y calla. Este mes junté cuatro novelas donde la amenaza está adentro, no afuera.

Es curioso, pero las mujeres siempre fuimos maestras de este género. Quizás porque nos criaron para leer los climas, para notar cuándo alguien miente, para sentir el peligro antes de que se vea. En estos libros hay una mansión con un fantasma que no es fantasma, una madre que investiga la muerte de su hija, tres amigos que cruzan la cordillera con un cajón, y un encuentro casual en un tren que se vuelve una pesadilla. Todo elegante, todo por debajo.

No busques monstruos acá. El terror de estas cuatro es psicológico, doméstico, de esos que te hacen desconfiar de la persona que duerme al lado. Se leen rápido porque no podés parar, pero se quedan lento, porque después mirás tu propia casa de otra manera. Ideal para las noches largas de agosto, con la puerta bien cerrada.

Rebeca

de Daphne du Maurier

Rebeca - Daphne du Maurier

Empieza con una de las frases más famosas de la literatura: «Anoche soñé que volvía a Manderley». Una chica joven, sin nombre en toda la novela, se casa con un viudo rico y llega a su mansión enorme, donde el recuerdo de la primera esposa, la perfecta Rebeca, lo ocupa todo. Los muebles, el personal, el aire mismo parecen pertenecerle a una muerta. Y la nueva señora empieza a sentirse una intrusa en su propia vida.

Du Maurier construye una tensión que no afloja nunca, hecha de celos, de silencios y de un ama de llaves que es puro hielo. Hitchcock la llevó al cine y ganó el Oscar, pero el libro es mejor: es una novela sobre cómo una mujer puede quedar borrada por otra que ni siquiera está viva. Rebeca tiene casi noventa años y sigue siendo la mejor lección de suspenso doméstico que conozco.

Elena sabe

de Claudia Piñeiro

Elena sabe - Claudia Piñeiro

Piñeiro es nuestra reina del policial, pero Elena sabe es mucho más que un policial. Elena tiene Parkinson y el cuerpo que apenas le responde, y sin embargo se lanza a cruzar Buenos Aires para averiguar quién mató a su hija Rita, porque no cree en el suicidio que dictaminó la policía. Cada paso le cuesta un mundo, y la novela avanza al ritmo de esa lucha entre la voluntad y un cuerpo que se apaga.

Lo que parece una investigación termina siendo otra cosa: una reflexión brutal sobre la maternidad, sobre lo que creemos saber de nuestras hijas, sobre el derecho a decidir sobre el propio cuerpo. El final te da vuelta como un guante. Piñeiro escribe corto y filoso, y acá logra que el suspenso y la emoción sean la misma cosa. Una novela chiquita que pega como un cross.

La resta

de Alia Trabucco Zerán

La resta - Alia Trabucco Zerán

La chilena Trabucco Zerán arma una road movie extraña y magnética: tres amigos, hijos de militantes de la dictadura, salen a buscar un cuerpo que quedó varado del otro lado de la cordillera cuando una lluvia de cenizas volcánicas tapó todo. Manejan una carroza fúnebre por los Andes, entre el humor negro y el duelo, cargando muertos propios y ajenos, los de la historia de Chile y los de cada uno.

La resta es rara en el mejor sentido: la prosa tiene ritmo de vértigo, las voces se alternan y la ceniza lo cubre todo como una metáfora que no necesita explicarse. Es suspenso, sí, pero de un tipo melancólico, sobre la generación que heredó los muertos que no enterró. La leí hace poco y todavía siento la ceniza en la garganta. Trabucco Zerán es una de las voces más potentes que están apareciendo.

Extraños en un tren

de Patricia Highsmith

Extraños en un tren - Patricia Highsmith

Dos hombres se conocen por casualidad en un tren y uno le propone al otro un juego macabro: «yo mato a la persona que te molesta y vos matás a la mía; como no tenemos ningún vínculo, nunca nos van a descubrir». Uno lo toma en broma. El otro, no. A partir de ese pacto, Highsmith construye una máquina de angustia perfecta, donde el mal se contagia como una enfermedad.

Highsmith fue una mujer incómoda que escribió como nadie sobre la culpa y sobre el modo en que una persona común puede ser arrastrada al horror. Extraños en un tren también la filmó Hitchcock, pero, otra vez, el libro es más turbio y más hondo. Lo pongo en este posteo porque no hay fantasma más aterrador que la mente de alguien que decidió que matar era razonable. Se lee de una sentada, con el corazón en la boca.