Hay un momento en que una escritora decide contarse a sí misma, sin el disfraz de la ficción. Me fascina ese gesto: la valentía de decir esto me pasó, esta fui yo, esto no lo entendí hasta que lo escribí. La vida propia mirada de frente, sin maquillaje.
No es lo mismo que un diario íntimo de adolescente. Estas autoras convierten su experiencia en pensamiento, hacen del yo una herramienta para entender algo más grande: la maternidad, el deseo, la clase, la familia, el cuerpo que cambia.
Los leí en una época en que tenía ganas de entenderme, y me acompañaron como amigas que hablan claro. Cuatro maneras de escribir la propia vida sin caer en el ombligo, con inteligencia y con nervio.
Los argonautas
de Maggie Nelson
Nelson escribió en Los argonautas un libro imposible de encasillar: cuenta su amor con una persona fluida en su género, su propio embarazo, y a la vez piensa con la teoría más difícil, todo mezclado. Es ensayo y es confesión y es tratado sobre el amor y el cuerpo.
Me costó al principio y después no pude soltarlo. Nelson piensa con todo el cuerpo, cita a los filósofos y a la vez te habla de dar la teta. Es un libro que expande lo que una cree que puede ser una familia, y lo hace con una honestidad que desarma.
El club de los mentirosos
de Mary Karr
Karr es la que reinventó las memorias en Estados Unidos. El club de los mentirosos cuenta su infancia brutal en un pueblo petrolero de Texas, con una madre inestable y alcohólica y un padre bebedor y contador de historias. Y sin embargo el libro es divertidísimo.
Esa es su magia: contar el horror con humor, sin autocompasión. Karr no pide lástima, te pone en esa cocina caótica y te hace reír y después te parte. Enseña que se puede mirar la propia herida sin regodearse en ella.
Léxico familiar
de Natalia Ginzburg
Ginzburg escribió en Léxico familiar las memorias de su familia judía y antifascista en el Turín de entreguerras, pero contadas a través de las frases que repetían, los dichos, las palabras que solo esa familia entendía. Es el idioma privado de una casa.
Me parece de una inteligencia luminosa. Ginzburg casi no habla de sus emociones y sin embargo está todo ahí: el amor, el miedo, la pérdida, en esas cantinelas familiares. Cualquiera que tenga una familia con sus propias palabras raras va a llorar un poco leyendo esto.
Cosas que no quiero saber
de Deborah Levy
Levy escribió esta pequeña autobiografía como respuesta a un ensayo de Orwell sobre por qué se escribe. Cosas que no quiero saber es el primer tomo de su autobiografía viviente, y va de su infancia en Sudáfrica, del exilio, de convertirse en escritora y en mujer.
Es brevísimo y filoso. Levy piensa la feminidad, la maternidad, el silencio de las mujeres, con una prosa que parece fácil y no lo es. Me dieron ganas de leer los otros dos tomos el mismo día. Una voz para quedarse a vivir un rato.