Lo que da miedo: mujeres que escriben la oscuridad

Hay una hora de la noche en que la casa cruje y una empieza a leer distinto. Yo le tengo cariño a esa hora. Es la hora en que agarro estos libros, los que me erizan la nuca, los que hablan de lo que preferiríamos no nombrar: el cuerpo que se descompone, la cocina que esconde algo, la hermana que mira raro.

Durante años creí que el terror era cosa de varones con hachas. Me equivocaba. Las que mejor escriben el miedo son ellas, porque conocen otro tipo de horror: el doméstico, el que pasa entre paredes conocidas, el que tiene olor a lavandina y a comida recalentada.

Estos cuatro libros no se leen de un tirón antes de dormir, o sí, pero después no dormís. Son escritoras que hicieron de la incomodidad un arte. Te dejan mirando el techo, repasando la última frase, escuchando si de verdad era el viento.

Pelea de gallos

de María Fernanda Ampuero

Ampuero es ecuatoriana y escribe como quien clava un cuchillo despacio. Pelea de gallos son trece cuentos donde la familia es el lugar más peligroso del mundo. Acá los monstruos duermen en la pieza de al lado y se sientan a la mesa a pedir la sal.

Lo leí en dos noches y tuve que parar varias veces. No por truculento, sino por reconocible: la criada, la niña que aprende demasiado pronto lo que es el poder, la casa grande donde nadie te salva. Es de esos libros que te cambian la manera de mirar una cena familiar.

Cuentos reunidos

de Amparo Dávila

A Dávila la descubrí tarde y me da rabia el tiempo perdido. Esta mexicana escribía en los sesenta cuentos donde nunca sabés del todo si la amenaza es real o está en la cabeza de la protagonista. Hay algo que acecha en El huésped, en Moisés y Gaspar, y ese algo casi nunca se muestra.

Es maestra de lo no dicho. Sus mujeres están encerradas en casas de pueblo, rodeadas de presencias que los maridos no ven o no quieren ver. Leérla es entender de dónde salieron después tantas escritoras del terror latinoamericano.

Siempre hemos vivido en el castillo

de Shirley Jackson

Jackson es la abuela de todas. Siempre hemos vivido en el castillo lo narra Merricat, una chica que vive con su hermana y su tío en una casa que el pueblo entero odia. Desde la primera página sabés que algo pasó ahí, algo con veneno, pero Jackson te lo va soltando como quien no quiere.

Es una novela sobre dos hermanas y sobre lo que hacemos para protegernos del afuera. Me quedé pensando en Merricat mucho después de cerrarla: en su lógica torcida, en su ternura feroz. Una joya rara y perfecta.

La furia y otros cuentos

de Silvina Ocampo

Nuestra Silvina, la menos leída de los Ocampo y la más inquietante. En La furia hay chicas crueles, sirvientas que saben demasiado, niños que no son tan inocentes. Ocampo escribía la infancia como un territorio salvaje, sin la azucarada mentira de siempre.

Sus cuentos son cortitos y te dejan un malestar delicioso. Nadie mira la crueldad cotidiana con esa elegancia. La teníamos acá, en Buenos Aires, escribiendo lo más perturbador de nuestra literatura mientras tomaba el té.