20 May Veinteañeras a la deriva
Tengo una teoría medio gastada y es que la mejor literatura contemporánea está escribiendo sobre veinteañeras que no saben muy bien qué hacer con su vida. No es nuevo — Salinger, Plath, las protagonistas del cine francés de los sesenta — pero hay algo distinto en cómo lo escriben las mujeres ahora: menos romantización, más diagnóstico.
Estas cuatro narradoras están en derive. Una se droga en Nueva York para dormir un año. Otra escribe poemas y se enreda con un matrimonio en Dublín. Otra come tierra en un conurbano argentino y ve cosas. Y la cuarta es un conjunto: cuentos sobre chicas argentinas en su veintena hechas pedazos por la calle, la pobreza, lo invisible que las atraviesa.
Las elegí porque las cuatro tienen entre 20 y 30 años, y porque las cuatro están escritas por autoras que entendieron algo: que la vida de una mujer joven contemporánea no es un cliché de Sex and the City ni un drama de coming-of-age. Es algo más raro, más sucio, más interesante. Si tenés una hija que va para esa edad, también te las recomiendo — entendés con qué está peleando.
Mi año de descanso y relajación
de Ottessa Moshfegh
Una mujer joven, rica, hermosa, con un departamento heredado en el Upper East Side, decide que quiere dormir un año entero. Va a un psiquiatra inverosímil, junta una farmacia adentro suyo, y se va apagando de a poco. Mi año de descanso y relajación es una novela perfectamente diseñada para irritar y enganchar al mismo tiempo: la narradora es insoportable, privilegiada, cínica, y aún así una se queda hasta el final.
Hay un fondo del libro que se va revelando despacio: las dos torres, septiembre del 2001, la sensación de que algo enorme está por pasar y nadie sabe bien qué. Moshfegh escribe sobre el agotamiento femenino con una elegancia tan helada que parece de otro siglo. Yo la leí en un mes en que estaba cansada de todo y le agarré un cariño raro a esa narradora. No es una buena persona y eso es lo mejor del libro.
Conversaciones entre amigos
de Sally Rooney
Antes de Gente normal, antes de la fama, Rooney escribió esta novela sobre Frances y Bobbi, dos amigas de la universidad en Dublín, poetas, jóvenes, lesbianas a medias, que se enredan con un matrimonio mayor. Conversaciones entre amigos es sobre cómo se construyen los vínculos cuando una tiene veintidós años y todavía no aprendió a usar las palabras “siento” y “necesito” sin armar un desastre.
Lo que mejor hace Rooney son los diálogos. Las conversaciones son ágiles, ricas, pero las narradoras siempre están traduciendo internamente algo distinto: hay un abismo entre lo que Frances dice y lo que Frances piensa. Esa traducción permanente es la condición de muchas veinteañeras lectoras que conozco. Yo a Rooney la leí entera y este sigue siendo el libro suyo que más me gusta — el más impuro, el menos resuelto.
Cometierra
de Dolores Reyes
Una nena del Conurbano descubre que cuando come tierra puede ver dónde están las mujeres desaparecidas. Cometierra es una novela corta, escrita en primera persona, en un español argentino popular y poderoso. Reyes inventa una protagonista que es a la vez nena, vidente, sobreviviente de una familia violenta, hermana de un hermano que la cuida — y, sobre todo, una pibe del Conurbano.
Es uno de los libros argentinos más importantes de los últimos diez años y se lee en dos tardes. Habla de femicidios sin estructura de denuncia, desde adentro, con la voz de la chica que recibe el peso y no sabe qué hacer con él. Lo que más me impactó fue cómo Reyes hace que el realismo mágico funcione en este lado del mundo: nada de Macondo, nada de lirismo, mucho conurbano y mucha tierra real.
Las cosas que perdimos en el fuego
de Mariana Enriquez
Enriquez ya es Enriquez, no necesita presentación. Las cosas que perdimos en el fuego reúne doce cuentos sobre chicas argentinas a la deriva: una que se vuelve adicta a un travesti vecino que reza el rosario, una que pierde un diente y empieza una espiral, una mujer que se quema porque las mujeres se están quemando a sí mismas como acto político. Todo el libro está atravesado por una rabia femenina que en 2016, cuando salió, todavía no tenía bien dónde ponerse.
Es el libro perfecto para leer en colectivo, en cuotas. Cada cuento es autónomo y cada uno te deja con algo distinto. Mi favorito es el del título: las mujeres que deciden quemarse vivas para que ya no las quemen los hombres. Es horrible y es genial. Enriquez te enseña a habitar lo siniestro femenino sin pedir disculpas. Después de ella todo el resto de la literatura del miedo en Argentina vino fácil.