Hijas, madres, abuelas: los linajes que no elegí

Hay días en que abro un libro y caigo de cabeza en mi propia familia. No la mía exactamente, claro, pero alguna versión cercana: una madre que no entiende del todo a la hija, una hija que pasó la mitad de su vida tratando de explicarse a sí misma frente a esa madre, una abuela que aparece en escena como un fantasma cariñoso, como una sombra dura, como una mujer entera con la que ya no se puede hablar.

Lo que sigue son cuatro libros sobre eso. No sobre la maternidad idealizada de las revistas dominicales ni sobre el odio fácil de las series de prestige. Sobre los linajes femeninos como son: un tejido de afecto y resentimiento, de admiración y vergüenza de clase, de imitación inevitable. Sobre las cosas que heredamos sin querer (un gesto, una forma de comer, un miedo) y sobre las que pasamos años intentando devolver.

Los leí en distintos momentos. Algunos en mi cocina con un café que se enfriaba; otro en un avión, llorando bajito; otro fue regalo de una amiga que me lo puso en la mano y me dijo “vas a entender”. Te los recomiendo en ese orden, el de la intimidad. Si tu mamá vive y la podés llamar después de leerlos, llamala.

Apegos feroces

de Vivian Gornick

Gornick caminaba con su madre por las calles de Nueva York, entraba a una cafetería, salía a discutir, volvía a entrar. Esa coreografía es el libro entero. La madre, viuda joven, judía, comunista, con una capacidad de drama monumental; la hija, escritora, divorciada, irritada y enamorada. En Apegos feroces no hay trama, hay un ritmo: el de dos mujeres que llevan décadas peleándose por las mismas cosas, sabiendo que esa pelea es lo único que las mantiene juntas.

Lo leí dos veces seguidas, con un cuaderno al lado para anotar frases. Hay una que dice algo así como que su madre era el modelo más completo de las pasiones humanas que ella iba a conocer en su vida. Yo pensé en mi mamá leyendo eso. Pensé también en cómo ningún libro de ensayo personal argentino contemporáneo existiría sin Gornick — la pulsión de mirarse al espejo a través de la madre la inventó ella, o por lo menos la perfeccionó.

Una mujer

de Annie Ernaux

Cuando murió su madre, Ernaux empezó a escribir. Una mujer es ese libro breve y demoledor sobre una mujer obrera francesa, su madre, que pasó los últimos años con Alzheimer en una residencia. Ernaux describe el cuerpo que cambia, la dignidad que se va, los olores. No hay autocompasión: hay un esfuerzo casi quirúrgico por ver a su madre como lo que fue, una mujer entera, antes de que la enfermedad y la muerte la convirtieran en otra cosa.

Lo que me hace volver a Ernaux siempre es lo mismo: escribe sobre el ascenso social de clase, sobre la vergüenza de haber abandonado un mundo para entrar en otro, y eso lo pone en cada gesto familiar. Las hijas que estudiamos, que nos fuimos del barrio, que aprendimos a hablar diferente — sabemos de qué está hablando. Es un libro corto, lo terminás en una tarde, pero la deuda con la madre que te deja te dura años.

Los días del abandono

de Elena Ferrante

Antes de Lila y Lenú, antes de la saga, Ferrante escribió esta novela monstruosa sobre Olga, una mujer cuyo marido la deja por una más joven y que durante semanas se va deshaciendo en su propio departamento de Turín. Los días del abandono no es solo sobre el desamor; es sobre una mujer que se ve a sí misma transformándose en “la pobrecilla”, la mujer descartada que su madre le había enseñado a no ser nunca.

Hay una escena que es de una crueldad luminosa: Olga, en pleno delirio, ve a su madre venir a buscarla. Es la peor pesadilla y la única salvación. Ferrante entiende algo que pocas novelistas: que la maternidad no se hereda en línea recta, se hereda como un trauma elegante, y que las hijas pasamos la vida tratando de ser cualquier cosa menos eso. Hasta que un día nos miramos al espejo. Y ahí está la mamá.

El nervio óptico

de María Gainza

Gainza es porteña y eso se nota: el libro está hecho de digresiones, de chismes, de pintura italiana mezclada con anécdotas de la tía loca y de la madre y de las hermanas. El nervio óptico usa cuadros como excusa para contar una historia familiar: las amantes del padre, las hermanas, la propia voz que se va construyendo en relación a todas esas mujeres anteriores.

Es el libro más argentino de los cuatro y por eso me lo guardo para el final, como un postre. Hay una elegancia en la prosa de Gainza que se confunde con liviandad pero no lo es: por debajo de las anécdotas hay una pregunta muy seria sobre cómo se mira el mundo cuando una creció rodeada de mujeres con su propia mitología. Lo leí una semana entera, en cuotas de diez páginas, sin querer terminarlo.