21 Oct De chica: la infancia que nos sigue mirando
Hay una nena que vive adentro mío y que todavía se esconde abajo de la mesa cuando los grandes hablan. Escucha todo, entiende la mitad y adivina el resto. Esa nena es la que lee estos libros conmigo, y es la que más los disfruta.
Las escritoras que vuelven a la infancia no lo hacen por nostalgia. Vuelven porque ahí se armó todo: el miedo, el deseo de ser otra, la primera traición, la primera vez que sentimos que el mundo de los adultos era un teatro lleno de secretos. Estas novelas no endulzan nada.
Elegí cuatro chicas que miran demasiado. Una en una isla en guerra, otra en un verano eterno del sur de Estados Unidos, otra en una granja irlandesa y otra en una casa de La Plata donde los conejos esconden algo. Cuatro maneras de crecer de golpe.
Primera memoria
de Ana María Matute
Matia tiene catorce años y la mandan a pasar la guerra civil a Mallorca, a la casa de una abuela que da miedo y con un primo, Borja, que es puro cálculo y crueldad. Primera memoria ganó el Nadal en 1959 y se lee como si te contaran un secreto al oído, con esa prosa de Matute que es a la vez dura y llena de imágenes.
Lo que me partió es cómo muestra el momento exacto en que una chica deja de ser chica: cuando descubre que puede traicionar a alguien que quiere. La isla es hermosa y asfixiante, los adultos son un coro de hipocresías y la guerra está lejos pero se mete en todo. Un clásico español que merece mucha más lectura de este lado del mar.
Frankie y la boda
de Carson McCullers
Frankie Addams tiene doce años, es demasiado alta, está sola en la cocina con Berenice y con su primito John Henry, y es verano en un pueblo de Georgia. Su hermano se casa y ella decide que se va a ir con los novios, que esa es su gente. Frankie y la boda es eso: las ganas desesperadas de pertenecer a algo.
McCullers escribió como nadie la soledad adolescente, esa sensación de estar afuera de todo. Las charlas en la cocina con Berenice son de lo mejor que leí en mi vida: tiernas, tristes, sabias. Es una novela cortita que me dejó con un nudo en la garganta y con ganas de abrazar a la chica que fui a los doce.
Tres luces
de Claire Keegan
Una nena irlandesa es enviada a pasar el verano con unos parientes, los Kinsella, mientras su madre espera otro bebé en una casa donde sobran hijos y falta todo lo demás. En esa granja, por primera vez, alguien la cuida de verdad. Tres luces (en inglés Foster) es un relato largo que se lee en una tarde y se queda a vivir en una para siempre.
Keegan es una orfebre: no sobra una coma. Todo lo importante pasa en lo que no se dice, en un gesto con un peine, en una caminata hasta el pozo de agua. Es, además, un regalo perfecto. Llevo un tiempo regalándolo a todas mis amigas, y todas me escribieron después para decirme que lloraron.
La casa de los conejos
de Laura Alcoba
Laura tiene siete años y vive en La Plata en 1975 con su mamá, militante montonera, en una casa donde hay un criadero de conejos que esconde una imprenta clandestina. Tiene que aprender a no decir su apellido, a no contar nada, a jugar en un mundo donde un error puede ser mortal. La casa de los conejos es la dictadura vista a la altura de una nena.
Alcoba lo escribió en francés, desde el exilio, muchos años después, y se nota esa distancia que no enfría sino que ordena. No hay discursos ni golpes bajos: hay una chica que quiere zapatos nuevos y que entiende el peligro antes que nadie. Para nosotras, que crecimos con esas historias en la mesa familiar, es un libro necesario.