28 Sep Hermanas: el amor que no se elige
Con una hermana no hay presentación posible. Estuvo siempre, desde antes de que yo tuviera palabras para nombrarla, y por eso me conoce de una manera que ningún amor elegido va a conocerme nunca. Sabe cómo lloraba a los seis años. Sabe qué cara pongo cuando miento. Hay algo en ese conocimiento que consuela y algo que da un poco de miedo.
Este mes junté cuatro libros sobre lazos laterales: hermanas, hermanos, primas, esas personas con las que compartimos la misma casa y la misma infancia y de las que después salimos, cada una, con una versión distinta de lo que pasó. Porque eso es lo increíble: dos chicas criadas en el mismo living pueden recordar dos casas completamente diferentes.
Ninguno de estos libros es tierno del todo. Todos tienen algo áspero, algo que no cierra, un silencio en el medio de la mesa. Los leí con la sensación rara de estar espiando por una ventana que también es la mía.
Vida hogareña
de Marilynne Robinson
Dos hermanas, Ruth y Lucille, quedan al cuidado de una tía que no sabe ni quiere ser madre. Viven en un pueblo helado a orillas de un lago que se tragó a medio mundo, y la casa se les va llenando de hojas, de diarios viejos, de una intemperie que entra despacio. Robinson escribe eso como si escribiera agua: todo fluye, todo se pierde, nada se puede agarrar.
Lo que más me quedó es cómo las dos hermanas se van separando sin pelearse. Una elige el orden, el mundo, las amigas del colegio. La otra elige quedarse en esa deriva. No hay traición, no hay grito, y sin embargo es una de las despedidas más tristes que leí. Vida hogareña es un libro sobre lo que significa quedarse cuando todos los demás aprenden a irse.
Claus y Lucas
de Agota Kristof
Dos hermanos gemelos son dejados en casa de la abuela durante la guerra y ahí, para sobrevivir, se entrenan. Se entrenan en el hambre, en el dolor, en la crueldad, en no llorar. Escriben todo en un cuaderno con una regla: solo lo que es verdad, nunca lo que sienten. La prosa de Kristof es exactamente eso, seca como un hueso al sol.
La trilogía completa —El gran cuaderno, La prueba, La tercera mentira— te va sacando el piso de abajo capítulo a capítulo, hasta que ya no sabés quién contó qué ni si hubo dos hermanos alguna vez. Es un libro sobre la hermandad como último refugio y como invención necesaria. Lo terminé de noche y me quedé sentada un rato largo sin prender la luz.
El encuentro
de Anne Enright
Verónica tiene que ir a buscar el cuerpo de su hermano Liam, que se metió al mar con las piedras en los bolsillos. Son doce hermanos, una familia irlandesa numerosa y católica, y en el velorio Verónica empieza a rearmar una escena de la infancia que quizás vio, quizás inventó, quizás lleva treinta años sabiendo sin poder decirla.
Enright escribe la culpa de los que quedan con una precisión que da un poco de vergüenza leer. El encuentro no es una novela sobre el duelo ordenado; es sobre el desorden de la memoria, sobre lo que una familia acuerda no nombrar para poder seguir cenando junta. Ganó el Booker y se entiende por qué: no hay una sola frase de consuelo fácil.
El invencible verano de Liliana
de Cristina Rivera Garza
Treinta años después de que asesinaran a su hermana menor, Rivera Garza abre las cajas. Cartas, cuadernos, servilletas escritas, exámenes de la facultad. Reconstruye a Liliana con la voz de Liliana, para sacarla del lugar de víctima y devolverla al lugar de chica de veinte años que quería estudiar arquitectura y tenía toda la vida por delante.
Es un libro sobre un femicidio, sí, pero sobre todo es un libro sobre cómo se recupera a alguien de las palabras que otros usaron para taparla. Hay un capítulo donde la autora busca el expediente judicial y le dicen que se perdió. Ahí entendí de qué se trata todo esto. El invencible verano de Liliana es un acto de amor hecho de archivo y de furia.