10 Ago Mundos que no existen (y sin embargo)
Hay meses en que necesito irme lejos, y no hablo de aeropuertos. Hablo de abrir un libro y aparecer en un imperio que nunca fue, en un planeta donde el sexo no es un destino, en una montaña que canta. Agosto en Buenos Aires es gris y quieto, y a mí lo gris me da ganas de inventar mundos. Por eso este mes lo dedico a la ciencia ficción y a lo fantástico escritos por mujeres, que es un territorio del que casi nunca se habla y que a mí me salvó más de un invierno.
Me cansé de que «las mujeres escriben lo íntimo» y «los varones imaginan galaxias». Es mentira, y estos cuatro libros son la prueba. Acá hay imperios milenarios, expediciones al frío absoluto, dictaduras contadas desde un programa de televisión y un bosque de los Pirineos donde hasta las nubes tienen voz. La imaginación de estas autoras no huye del mundo: lo mira de costado para verlo mejor.
Los ordené de lo más lejano a lo más cercano, de otra galaxia a un pueblo de montaña, pero todos comparten algo: usan lo imposible para decir algo muy cierto sobre nosotras. Si nunca leíste ciencia ficción porque te parecía «cosa de varones con naves», empezá por acá. Vas a ver que el género, en manos de una mujer, se vuelve otra cosa.
Kalpa imperial
de Angélica Gorodischer
Gorodischer era de Rosario y escribió el libro de fantasía más ambicioso que dio la Argentina sin que casi nadie lo dijera en voz alta. Kalpa imperial es la historia completa de un imperio que nunca existió, contada por narradores anónimos que se van pasando la palabra como en una ronda de fogón. No hay protagonista, no hay una sola trama: hay siglos, emperadores que caen, ciudades que se levantan y una voz que insiste en que todo imperio, por eterno que se crea, es apenas un cuento que alguien decidió contar.
La quise por eso: porque es un libro sobre el poder y sobre cómo se construye el relato del poder, disfrazado de leyenda antigua. Ursula K. Le Guin, que era fanática, lo tradujo ella misma al inglés, y una entiende por qué. Se lee como un mito y pega como una idea política. Ideal para arrancar de a poco, un capítulo por noche, dejando que el imperio crezca y se derrumbe dentro de una.
La mano izquierda de la oscuridad
de Ursula K. Le Guin
Si hay un libro que me cambió la cabeza sobre lo que damos por natural, es este. Le Guin imagina un planeta helado, Gueden, donde las personas no tienen sexo fijo: son andróginas casi todo el mes y solo una vez por ciclo se vuelven hombre o mujer, sin poder elegir cuál. Un enviado de la Tierra llega ahí y no entiende nada, y en su desconcierto está el nuestro. Todo lo que creemos saber sobre ser varón o ser mujer se desarma en el hielo.
Lo increíble es que Le Guin escribió esto en 1969, cuando esas preguntas todavía no tenían las palabras que tienen hoy. La mano izquierda de la oscuridad no es un panfleto: es una novela de aventuras, con una travesía por un glaciar que te deja sin aliento y una amistad que es una de las más hermosas que leí. La ciencia ficción como excusa para preguntarnos qué queda de una cuando le sacás el género de encima.
Canto yo y la montaña baila
de Irene Solà
Este me lo recomendó una amiga catalana y lo leí en dos tardes, subrayando casi todo. Solà cuenta la vida y la muerte en un pueblo de los Pirineos, pero le da la voz a todos: a las nubes que van a descargar la tormenta, a los corzos, a las brujas de hace siglos, a una mujer, a un fantasma, a la montaña misma. Cada capítulo es otra criatura hablando, y de esa polifonía va saliendo una historia de amor, duelo y guerra civil que te agarra sin que te des cuenta.
Es fantástico en el sentido más viejo y más lindo: el mundo natural está vivo, tiene memoria y tiene bronca. Canto yo y la montaña baila ganó premios en media Europa y se entiende, porque hace algo rarísimo: te hace sentir chiquita frente a la naturaleza y al mismo tiempo parte de ella. Un libro para leer con la ventana abierta, aunque afuera solo haya cemento.
La dimensión desconocida
de Nona Fernández
La chilena Nona Fernández parte de un dato real y espeluznante: un agente de la dictadura de Pinochet que un día entra a una revista y confiesa «yo torturé». A partir de esa frase, ella imagina todo lo que no sabe, y lo hace con la lógica de aquella serie de televisión que veíamos de chicas, esa de las historias imposibles. La dimensión desconocida es memoria y es también ciencia ficción de la peor clase: la del horror que de verdad pasó.
Me impresionó cómo usa lo fantástico para meterse donde los documentos no llegan. Cuando los hechos son tan atroces que la razón no alcanza, Fernández se permite imaginar, y esa imaginación es una forma de justicia. No es un libro cómodo, pero es de los que te quedan adentro. Lo pongo acá porque demuestra que el género especulativo también sirve para no dejar que se olvide lo que pasó.