10 Ago Los libros que me hicieron grande
Este mes me puse melancólica y armé un posteo distinto: los libros que me formaron, esos que leí en un momento bisagra y que, cada vez que los releo de grande, me devuelven a la que era y me muestran a la que soy. Crecer no es una sola vez; una crece muchas veces, y casi siempre hay un libro cerca cuando eso pasa. Estos cuatro son novelas de iniciación, de esas donde alguien deja de ser quien era para volverse, por fin, alguien.
Hay algo hermoso en releer de adulta un libro que te marcó de joven. Ves cosas que antes no veías, perdonás personajes que antes odiabas, te reconciliás con la chica que fuiste. Elegí historias de personajes que buscan su lugar en el mundo: una joven en Río que apenas tiene nada, otra en Tokio que aprende a vivir después de la muerte, un grupo de travestis que se hacen familia, y un príncipe ya grande que vuelve a preguntarse para qué sirve todo.
No importa la edad que tengas: nunca es tarde para una novela de iniciación. A veces la leemos justo cuando la necesitamos, y a veces la necesitábamos hace años y recién ahora la entendemos. Sea tu caso el que sea, estos cuatro libros hablan de eso que no termina nunca: la tarea de volverse una misma.
El regreso del Joven Príncipe
de Alejandro G. Roemmers
Lo agarré por curiosidad, porque me intrigaba que alguien se atreviera a dialogar con El principito, ese libro que todas leímos de chicas. Roemmers imagina al principito ya adolescente, caminando solo por una ruta desolada de la Patagonia, y a un conductor que lo levanta y lo acompaña. En ese viaje de a dos, entre mate y silencios, van hablando de crecer, de la amistad, de qué hacemos con lo que aprendimos cuando éramos chicos.
Es una fábula breve y sencilla, de esas que uno subraya y se manda por mensaje. La leí en una tarde y me quedé pensando en las preguntas que dejamos de hacernos cuando nos hacemos grandes. No pretende ser otra cosa que lo que es: una invitación a no perder del todo la mirada del que empieza. A veces uno necesita justamente eso, un libro que le recuerde por qué valía la pena volverse adulta sin volverse dura.
Kitchen
de Banana Yoshimoto
Yoshimoto escribió esta novela cortita con poco más de veinte años y se volvió un fenómeno en todo el mundo, y una entiende por qué. Mikage se queda sola después de la muerte de su abuela, la última familia que le quedaba, y encuentra refugio en la cocina de una casa ajena y en una familia rarísima y luminosa que la adopta. El duelo, en manos de Yoshimoto, se vuelve tibio, casi dulce.
Kitchen habla de la muerte, de la soledad y de cómo se sigue viviendo igual, pero lo hace con una delicadeza que no había leído antes. Hay una escena de una heladera abierta a la madrugada que es pura ternura. Lo pongo en este posteo porque es la novela de iniciación perfecta para el duelo: la de aprender que se puede armar una familia con quien uno elige, y que la vida, incluso rota, sigue teniendo sabor.
Las malas
de Camila Sosa Villada
Sosa Villada cuenta su iniciación en el Parque Sarmiento de Córdoba, donde una tribu de travestis lideradas por la Tía Encarna la reciben, la crían y la vuelven una de las suyas. Las malas es cruda y es mágica a la vez: hay violencia, hay prostitución, hay frío, pero también hay una nena abandonada que crían entre todas, hay transformaciones imposibles y una hermandad feroz que sostiene lo insostenible.
Es un libro sobre volverse una misma cuando el mundo entero te dice que no tenés derecho a existir. Lo que más me conmovió es cómo del horror Sosa Villada saca belleza, sin edulcorar nada. La familia que se elige, otra vez, pero acá llevada al extremo. Ganó premios en todo el mundo y no me extraña: es de esos libros que te cambian el modo de mirar a la gente en la calle. Imposible salir igual.
La hora de la estrella
de Clarice Lispector
Cierro con la brasileña Lispector, que escribe como si estuviera rezando y blasfemando al mismo tiempo. La hora de la estrella es su último libro y cuenta la vida de Macabéa, una chica pobre del nordeste que llega a Río, fea, insignificante, sin conciencia casi de su propia desdicha. Un narrador, incómodo, se pregunta con qué derecho cuenta la historia de alguien tan pequeño. Y en esa pregunta está toda la novela.
Es cortito y es un cross a la mandíbula. Lispector convierte la vida más gris del mundo en algo sagrado, y de paso se pregunta por el oficio de escribir, por la mirada de clase, por lo que hacemos cuando contamos a los que no tienen voz. La pongo al final de este posteo porque es la iniciación más rara: la de un personaje que casi no llega a existir y que, sin embargo, en las últimas páginas, tiene su instante de estrella. No se parece a nada. Se lee y se vuelve a empezar.