Tierra adentro: el campo, el pueblo, la intemperie

Yo soy de ciudad, de vereda y de subte. Pero hay una literatura de tierra adentro que me agarra de un lugar que no sabía que tenía. El polvo, el calor que aplasta, los pueblos donde todos se conocen y el chusmerío es una forma de vigilancia.

Estas escritoras salieron de la ciudad o nunca entraron. Escriben el monte, la ruta, la casa aislada, la mujer que se queda o la que se anima a irse. Hay una dureza en estos paisajes que se mete en los vínculos, en la manera de querer y de callar.

Los junto porque me enseñaron que la intemperie no es solo geografía. Es una manera de estar en el mundo, más a la intemperie de todo: del clima, de los otros, de una misma. Cuatro libros que huelen a tierra mojada y a algo que está por pasar.

El viento que arrasa

de Selva Almada

Almada escribe el litoral como nadie. En El viento que arrasa un pastor evangelista y su hija quedan varados en un taller mecánico perdido, con el mecánico y su ayudante, mientras se viene una tormenta feroz. Y ahí, en esa espera, se juega todo.

Es una novela breve y tensa, de esas donde el clima es un personaje más. Me gusta cómo Almada deja que el calor y la fe y los silencios hagan el trabajo. No sobra una palabra. Cuando termina la tormenta, algo se rompió para siempre.

Quebrada

de Mariana Travacio

A Travacio la leí hace poco y me deslumbró. Quebrada transcurre en un paisaje seco, casi de western criollo, donde una mujer y la venganza y la tierra se enredan. Su prosa tiene un ritmo antiguo, como de relato oído al lado del fuego.

Hay algo de mito en lo que cuenta, pero está anclado en el barro. Me quedé con la sensación de haber leído algo muy viejo y muy nuevo a la vez. Una autora argentina que hay que seguir de cerca.

Un amor

de Sara Mesa

Mesa es española y afilísima. En Un amor, una mujer se muda a un pueblo diminuto buscando tranquilidad y lo que encuentra es un entramado de miradas, favores turbios y un deseo que la desordena. El pueblo, chiquito, se vuelve enorme y asfixiante.

Me interesa cómo Mesa incomoda sin subrayar. No hay villanos, solo gente y sus zonas oscuras, y una protagonista que no termina de entenderse a sí misma. Se lee con la respiración medio contenida.

Los recuerdos del porvenir

de Elena Garro

Garro es una de las grandes de México y estuvo demasiado tiempo a la sombra de Octavio Paz. Los recuerdos del porvenir la narra un pueblo entero, Ixtepec, que cuenta su propia historia de opresión y de amores imposibles durante los años de la revolución cristera.

Es realismo mágico antes de que el término existiera, con un pueblo que respira y recuerda. La prosa es hermosa y triste. Un clásico que se lee como si el tiempo se hubiera detenido en esa plaza polvorienta.