Casa adentro: habitaciones, objetos heredados, departamentos a oscuras

Hace poco me mudé a un PH chiquito con patio. Mientras desarmaba la mudanza descubrí que casi todo lo que tenía en cajas era de otras mujeres: la máquina de coser de mi abuela, los libros de mi tía, las tazas de la prima. La casa de una mujer es siempre una geneología de otras mujeres. Lo supe esa noche, sentada en el piso, con olor a té.

Elegí cuatro libros que entran a la casa desde ángulos distintos. Woolf reclama un cuarto propio como condición mínima para escribir. Glantz hereda objetos y nombres de una familia ucraniana que llevó las mismas cucharas a México. Didion habita la cocina vacía después de la muerte. Nunez adopta un perro enorme en un mon-ambiente neoyorquino y descubre que la casa se reaísla.

Son libros para leer adentro, idealmente con la pava silbando y la luz de la lámpara amarilla del living. Cada uno enseña algo distinto: cómo se hace una casa, cómo se hereda, cómo se sobrevive en ella.

Una habitación propia

de Virginia Woolf

 

Es 1928. A Virginia Woolf la invitan a dar dos conferencias en Cambridge sobre “las mujeres y la novela”. En lugar de citar autoras, se sienta a pensar qué le hace falta a una mujer para escribir ficción. Y llega a una respuesta sencilla y revolucionaria: quinientas libras al año y una habitación con llave. Tiempo y espacio. Plata e intimidad. Sin eso, ninguna mujer escribió nunca con libertad.

Lo que me sigue conmoviendo de Una habitación propia es el modo en que Woolf inventó el ensayo personal como conocemos hoy. Mezcla narración, especulación, lectura de archivos. Habla de Shakespeare y de la hermana imaginaria de Shakespeare. Lo leí en la universidad y lo releo cada dos años, siempre encuentro algo nuevo. Casi cien años después, sigue siendo el manifiesto más elegante que tenemos.

Las genealogías

de Margo Glantz

Margo es hija de Jacobo y Elizabeth, judíos ucranianos que emigraron a México en los años veinte. Cuando empieza a escribir este libro, en los ochenta, los papás ya son viejos y todavía están vivos. Glantz arma una autobiografía en fragmentos: el almacén de Tacuba, los nombres de las tías muertas en la guerra, los muebles de la sala, las recetas del borscht, las cartas perdidas.

Leí Las genealogías con un cuaderno al lado, anotando nombres. Glantz escribe en un castellano salpicado de yiddish, ruso, hebreo, náhuatl. Es un libro sobre cómo se hereda una casa: los objetos, los rituales, los silencios. Margo cumple casi cien años y sigue escribiendo con esa precisión exacta. Si te interesa la memoria como práctica femenina, este libro es de los grandes.

El año del pensamiento mágico

de Joan Didion

Joan y John eran escritores y estaban casados desde hacía cuarenta años. Una noche, mientras la hija de los dos estaba internada en terapia intensiva, John tuvo un infarto en la mesa del comedor y se murió. Joan empezó a escribir este libro al día siguiente. Reconstruyó la cocina, los zapatos del marido todavía en el placard, la cama vacía, los discos. El año entero en que pensó que John podía volver si ella conservaba los zapatos.

Didion es la maestra norteamericana del control narrativo y este libro la muestra desarmada y exactísima a la vez. El año del pensamiento mágico enseña a habitar una casa en duelo: cómo se desplaza una por las habitaciones cuando falta el otro, qué se conserva, qué se regala. Lo leí en una semana en la que después tuve que ordenar la casa de mi abuela y agradecí la compañía de Didion en cada cajón.

El amigo

de Sigrid Nunez

Una escritora neoyorquina pierde a su mejor amigo, un escritor mayor, una especie de mentor amoroso, que se suicidó. La viuda del muerto le pide algo imposible: que se haga cargo de Apolo, un gran danés viejo y arléquico que el muerto adoraba. La narradora vive en un mon-ambiente del Village donde no se admiten perros. Pero igual lo lleva. Y entre ese perro enorme triste y ella se arma una nueva forma de hogar.

Nunez escribe con la cadencia silenciosa de quien lee mucho y vive sola. El amigo es novela y ensayo, duelo y comedia, todo a la vez. Lo leí en el metro yendo a un funeral y senti que el libro entendía algo que yo no podía articular: que las amistades son también casas, y que cuando se mueren se hereda algo. Aunque sea un perro. Premio National Book Award 2018, bien merecido.